—Ahí, en Monsant—me contestó—, al lado del mar, en una tierra inundada de sol.
Ya lo está.
¡Dolor! ¡Dolor de morir! ¡Dolor de vivir!
Al volver a Ondara me he sentado en una piedra, en la Volta del Rosignol, y he tratado de llevar el orden y el reposo a mi pobre cabeza perturbada.
No lo he podido conseguir.
«¿Conoces tú el país donde maduran los limoneros y en el follaje sombrío brilla la naranja de oro?» «¿Conoces tú la montaña y su sendero brumoso?»
Estos recuerdos de la canción de Mignon han ido sumiéndome, durante largo rato, en ideaciones vagas, informes, de una desoladora tristeza, en deseos de languidez y de muerte.
He seguido como un autómata el camino, hasta llegar a Alba, y me he parado a descansar a la sombra de un pequeño cementerio, algo retirado de la carretera, sobre un altozano árido y pedregoso.
He mirado hacia dentro. En el camposanto, abandonado, las ortigas, las cicutas, las digitales y las zarzas crecían con una fuerza salvaje. Ni una lápida, ni una corona había resistido el impulso avasallador de la flora parásita, bien abonada con los detritos humanos; sólo algunas cruces de madera podrida se levantaban entre la masa espesa de los hierbajos; un pájaro de pecho rojo y cola larga saltaba sobre una de estas cruces y piaba dulcemente...