Mi querido Capitán: Siento mucho que no pueda usted entrar en España todavía, y que tenga usted que estar constantemente detenido ahí. Hoy he cumplido mi piadosa misión de visitar la tumba de Kitty. He ido al convento de Monsant; he hablado con la superiora, una vieja escuálida y apergaminada, a quien he dicho ser hermano de Kitty, y la he pedido permiso para adornar con flores el trozo de tierra donde está enterrada nuestra amiga.

Al entrar en aquel cementerio abandonado, al ver el mar azul y el islote del Farallón, que brota de las aguas; al llegar al pie de la tumba, donde duerme eternamente nuestra pobre Kitty, he llorado como un niño.

Me perseguía el sacristán, y, para quedarme solo, he salido del camposanto y, en aquel talud que baja a la cala del Infern, me he sentado sobre una piedra a entregarme a mis pensamientos.

De todos mis recuerdos relacionados con Ondara, el más fuerte en aquel momento era el de una tarde en que estuvimos usted y yo en el mirador del castillo. Hacía calor. Usted hablaba con Eguaguirre; Kitty, conmigo; ustedes discutían de política; nosotros charlábamos acerca de nuestras preferencias poéticas.

Kitty recitó entonces la canción del Mignon, de Goethe, que tanto le gustaba:

«¿Conoces tú el país donde maduran los limoneros y en el follaje sombrío brilla la naranja de oro?»

Tal sentimiento puso en su canción, que, al terminarla, tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Se emociona usted mucho—la dije.

—Sí. Esta canción, en la que no se habla de nada triste—me contestó—, me parece impregnada de la idea de la muerte, del acabamiento. Al recordarla pienso dónde estaré enterrada cuando muera.

—¿Y en dónde quisiera usted estar enterrada?—dije yo, echando la pregunta a broma.