II.
DISECACIÓN Y FARMACIA

Entre el gran número de Thompsons que ha producido Inglaterra, yo soy uno de ellos.

Mi padre era disecador de animales y tenía su casa y su taller en Gray's-Inn-Lane, una callejuela que sale a Holborn Street.

El sitio, aunque céntrico, es poco frecuentado por gente rica, y mi padre solía exponer sus ejemplares disecados en la mitad de un escaparate que le cedía un frenólogo de Holborn Street, el señor Fitzhamer, por veinte libras esterlinas al año.

A nuestra casa, bastante sombría y negra, apenas le daba el sol algunos días de verano. Teníamos una ama de gobierno, la señora Webster; pero esta señora llegó a adquirir tanta confianza con nosotros, que no nos hacía caso.

Además, como decía una amiga suya suspirando, la señora Webster tenía la desgracia de beber. Esta amiga quería dar a entender que el tomar la costumbre de ir a la taberna era como padecer el tifus o la viruela.

La señora Webster había perdido la moral doméstica y le parecían accidentes insignificantes y que no afectaban a su honor de ama de llaves el que la carne estuviese quemada o las patatas crudas.

Mi padre no se quejaba. Era un tanto estoico. En sus buenos tiempos había vivido con holgura y ganado mucho dinero; después fué cayendo, y cayendo, hasta arruinarse.