Mi padre fué el Rey Lear de los disecadores, un Rey Lear sin Cordelia. Las Cordelias no abundan en el mundo. Mi padre trabajó con afán por conseguir la elevación de sus hijos, y, efectivamente, los elevó y ellos le olvidaron.
Yo era el hijo más pequeño. Mis hermanos mayores se colocaron bien; mis hermanas llevaron dote al matrimonio; mi padre, que había dado todo su dinero a sus hijos, se quedó, el pobre hombre, sin un penique.
Mi padre se hallaba dispuesto a seguir arruinándose conmigo y llegar a la mayor miseria.
Yo le recuerdo ya viejo. Era alto, robusto, con el pelo muy blanco y la cara sonrosada.
No he conocido a mi madre, que murió cuando yo tenía pocos meses.
Desde la más remota infancia estoy acostumbrado a contemplar la ruina como un estado natural de mi casa. Mi padre me puso en un colegio rico hasta que no pudo pagar más, y entonces me sacó de allí con el pretexto de que nos marchábamos de Londres.
Mientras estuve en el colegio, desde los diez a los catorce años, al volver a mi casa me encontraba invariablemente en las vacaciones con algo menos.
En la extrema necesidad, mi padre tenía que recurrir a empeñar y a vender los mejores modelos de sus animales disecados, y yo vi salir de nuestra casa leones, tigres y serpientes, ejemplares magníficos de piel fina, brillante y sin zurcidos, y quedarse sólo en el taller los zorros calvos, los flamencos desplumados y los buhos sin ojos.
—¡Cuántas veces he pedido inspiración a un caimán disecado o a un buitre sin plumas para resolver el problema de la familia!
Yo tenía que elegir una manera de vivir. Mi padre no quería que me dedicase al arte de disecar. Suponía que este oficio estaba en baja y me hablaba mal de él. Así perdí yo la moral del disecador.