Mi padre tenía varios amigos que no le abandonaban en su desgracia: uno de ellos era Fitzhamer, el frenólogo; otro, un disecador, el señor Sammerson, personaje alto, grande, pomposo, irreprochable en el vestir y adornado constantemente con un gran paraguas; y, por último, un empleado de Fitzhamer, el joven Cheene, hombre delgadito, fino e inteligente, que se dedicaba a armar esqueletos para los estudiantes de Anatomía.

Se discutió entre todos la profesión que debía seguir, y la opinión de los tres consultados fué que lo mejor sería que mi padre me llevara a la farmacia de un cuñado suyo y tío mío farmacéutico, llamado Samuel Cox.

Mi padre tenía viejos resentimientos con su cuñado Samuel; pero viendo que era la única solución para mí, le habló a mi tío, y yo entré de practicante en la botica.

Entonces mi padre deshizo su casa y su taller y entró de director en el establecimiento de Sammerson.

Yo estuve en la botica de Cox cerca de tres años, y salí no por mi culpa.

Mi tío Samuel era un solterón empedernido que vivía asistido por una viuda, mistress Blount.

La tal señora tenía un hijo que estudiaba Farmacia fuera de Londres. Era esta viuda una mujer de unos cincuenta años, ceñuda, mandona, con anteojos y una papalina blanca.

Mi tío Samuel le tenía miedo y la esquivaba con mucho arte. Mi tío era hombre de gran sagacidad, tan diplomático como Talleyrand y casi tan egoísta. A fuerza de egoísmo se había hecho un completo poltrón, y las recriminaciones le molestaban horriblemente.

Mi tío Samuel y yo nos hicimos pronto amigos. Al principio me trató como a su dependiente, pero luego se convirtió en un camarada.