VII.
DÍAS TRISTES

Bien comprendía yo que aquella vida no podía durar, que era un paréntesis más o menos largo que se había de cerrar de un día a otro. Efectivamente, el paréntesis se cerró pronto. Una mañana el dueño de la casa nos avisó que habiendo aguardado mucho tiempo el cobro de nuestros alquileres, ya no podía esperar más. Nos daba un plazo de veinticuatro horas para desalojar la habitación.

Poco después de este aviso llegó Flinders con la noticia de que Burton se acababa de suicidar. Al entrar su madre en su cuarto se lo había encontrado tendido en el suelo y muerto.

La noticia me hizo una gran impresión.

Percy, Flinders y yo hablamos largo rato, y yo me olvidé de mis apuros.

Hubiéramos ido a dar el último adiós a nuestro amigo; pero temíamos que la familia no nos quisiera dejarle ver, considerándonos como gente perdida que quizá había arrastrado al suicida a su mal fin.

Decidimos salir y acercarnos a la casa de Burton. Al bajar las escaleras un muchacho me trajo una carta.

Decía así: