«Querido Thompson: Si te envían esta carta, es que me habrán encontrado muerto. Me voy con gusto. Un apretón de manos y buena suerte.

Burton

Discutimos si había hecho bien, si había hecho mal nuestro camarada, porque no hay nada que remueva tanto el espíritu como esa negación de la vida del suicidio.

Hablando de Burton salimos a la calle. Era al anochecer. Hacía uno de estos días de otoño de Londres en que el cielo, invariablemente sombrío, descarga aguaceros sobre aguaceros; toda la gran urbe exudaba humedad negra y polvo de carbón, y los hombres, los caballos y los perros se arrastraban sobre el fango de las calles, mientras algunos pocos privilegiados se aburrían en sus palacios o miraban por la ventana del club o por el cristal del coche a los desharrapados rebozados en el barro.

Llegamos a casa de Burton y no nos quisieron recibir; tales eran nuestras trazas. Volver a la habitación de noche, despertando a la vecindad, hubiera sido exasperar al propietario. Pasamos la noche a pie firme y por la mañana me presenté a mi padre.

Hablamos, me sermoneó un tanto y me dijo que debía ir a ver a mis hermanos. Yo le contesté que no. Mis hermanas se sentían orgullosas de su posición; estaban casadas con personas de calidad y no les gustaba pensar que tenían un pariente perdulario. Mis dos hermanas mayores eran de la misma madera; de un egoísmo perfecto y de una indiferencia insolente por la suerte de la familia. No iban a preocuparse de mí, a quien apenas conocían.

Me dió mi padre unos peniques, lo único que tenía; comí y fuí a ver a mi tío. Le dije que me hallaba en una situación difícil y que había pensado pedir trabajo a William Tick. Luego le conté los procedimientos que empleaba Will.

—Sí, los ha heredado de su padre—dijo mi tío—. Se ve que es tan granuja como todos los de su familia. Ten cuidado, no te vayan a arrastrar a dar un mal paso. Abraham Tick está haciendo constantemente falsificaciones; tú dibujas algo y querrán utilizarte. No seas tonto. Haz todas las deudas que puedas; pon tu firma en todos los pagarés que te traigan; pero nada de imitar letras, facturas, sellos o cosa por el estilo. Esto es la cuerda o los trabajos forzados.

La observación de mi tío me hizo mella; yo pensaba lo mismo, aunque no me había planteado la cuestión tan claramente. El era un truchimán listo y su consejo no cayó en olvido.

Viví unos días en casa de Tick encerrado, pintando árboles genealógicos, y un día Will me trajo unas láminas de un banco de la City para que yo las calcara y luego las estampara Percy.