En lo más elevado del castillo, sobre el antiguo promontorio ardoroso y calcinado, estaba el jardín del Mirador. Este jardín era un repecho de la muralla, anejo al pabellón donde vivía el coronel que mandaba las fuerzas de la ciudadela. Tenía el Mirador una torrecilla, llamada el Castellet, y unas escaleras para subir a la batería del Rey.

Desde allí se dominaba el mar, el mar azul, de un color espléndido, intenso, bajo el cielo fulgurante.

A lo lejos, sobre un acantilado que parecía de mármol, brillaba la mancha blanca de un pueblecito.

En el Mirador brotaban rosales con rosas de todos colores; jazmines mezclados con mirtos y con el follaje obscuro de los naranjos. Una adelfa, de flor encendida, parecía una cascada de fuego.

La coronela cuidaba con mucho cariño las plantas del Mirador.

Todos los días, los soldados sacaban agua para regar el jardín de una cisterna, la cisterna del Moro, que era antigua, revestida de piedra y profundísima.


En el castillo de Ondara había de guarnición dos compañías de infantería y un destacamento de artillería. Esta pequeña fuerza, que apenas llegaba a cuatrocientos hombres, contaba con una oficialidad numerosa, mandada por un coronel titulado gobernador.

Este, con su mujer, vivía en uno de los pabellones del castillo; en otro pabellón habitaban, con sus familias, un comandante y un capitán. Los demás oficiales tenían sus casas en el pueblo.

Por las tardes de primavera y otoño, y el verano, por las noches, solía haber tertulia en el Mirador del castillo. La coronela hacía los honores en su jardín, e iban a saludarla los oficiales distinguidos de la guarnición.