El camino de la derecha presentaba puntos de vista admirables; tenía al principio una batería enlosada, la batería de la Marina, encima mismo del puerto.

Los cañones de esta batería eran de bronce, verdes, con escudos y letreros, y pesadas cureñas llenas de adornos. Era aquel sitio uno de los más pintorescos del Castillo. Por entre las almenas se veía el mar. Una garita de piedras, vacilantes, colgada en el vacío, con un agujero redondo en el suelo, dejaba ver el puerto a vista de pájaro.

Saliendo de la batería de la Marina, el camino escalaba una cuesta, corría por encima de los acantilados, pasaba por delante de la Cueva de Pastor, que terminaba en el mar, y llegaba a la batería de las Damas. Aquí la vista se había alargado, ensanchado, enriquecido.

Más arriba se hallaba la batería de San Antón, donde se encontraban los dos caminos que daban la vuelta al monte, y, desde esta batería, subía otro camino, que escalaba lo más alto del promontorio. Desde aquí se divisaban dos o tres pabellones, una torre grande y cuadrada, el Macho, una pequeña azotea convertida en jardín, el Mirador, y una última batería, la batería del Rey, sin muralla ni troneras, desde la cual, los morteros podían disparar en todas direcciones.

De lo alto de aquella altísima explanada se abarcaba el paisaje y el pueblo, excepto algunas rinconadas muy próximas al castillo.

Dominábase desde la altura, como de ninguna otra parte, la sierra, Ondara, el mar azul y las rocas del cabo de Monsant.

El pueblo, acurrucado debajo del castillo, tenía un aire ensimismado y soñoliento; centelleaban sus luceros de cristal, la cúpula de azulejos de su iglesia, sus tejados verdosos y sus azoteas, llenas de ropas blancas. En los alrededores, al borde de las sendas, crecían las grandes piteras entrecruzando sus láminas verdes y agudas como puñales, cubiertas de polvo.

Hacia la sierra, el campo fulguraba ardoroso y requemado; en las partes bajas algunos pequeños huertos de hortalizas regados por acequias mostraban su verdura, y otros más grandes de naranjos brillaban en invierno con sus constelaciones de frutos dorados entre el obscuro follaje. En los repechos y faldas de la sierra se respaldaban alquerías rodeadas de bosquecillos, de olivos y de almendros. En las cumbres, los montes secos y pedregosos, como formados por ceniza y piedra pómez, erizaban sus aristas, y los caminos blancos parecían sembrados de yeso.

En una cuesta, dos filos de cipreses, interrumpidas por cruces de piedra, escalaban una altura hasta llegar al camposanto.