Subiendo al castillo y entrando en su recinto se veía que era ya una ruina, un amontonamiento confuso de murallas viejas, griegas, romanas, visigodas, árabes y alguna que otra moderna.
Los militares consideraban la restauración de la fortaleza casi inútil, y el Gobierno no tenía, al parecer, intenciones de artillarla.
El castillo tenía tres puertas: la puerta de Tierra, que salía cerca de la plaza de la Iglesia; la de la Marina, que miraba al muelle, y la del Socorro, que daba al campo.
Esta última, de extramuros, servía para recibir refuerzos y auxilios del exterior en el caso de que la ciudad estuviese rebelada contra el Poder o se hallara ocupada por el enemigo.
Entrando por la puerta de la Marina y pasando por un puente levadizo, limitado por cadenas y flanqueado por dos garitas, se atravesaba un arco, a uno de cuyos lados estaba el cuerpo de guardia.
Allí, en unos bancos, solía verse a los soldados sentados, mientras que el oficial paseaba por delante del muelle o fumaba en una mecedora.
Del arco de entrada partía una cuesta muy agria, que pasaba por debajo de un túnel de ocho o diez pasos de largo, y al salir de él se desembocaba en un anchurón con casamatas, parque de municiones y almacén de pólvora.
Desde aquí el camino se bifurcaba; uno iba por la izquierda mirando a la sierra; el otro, por la derecha, frente al mar. Los dos se encontraban en la explanada de una batería y rodeaban la ciudadela.
El camino de la izquierda pasaba por encima del pueblo, amenazándole con sus viejas torres, rojizas, guarnecidas con matacanes, y sus baluartes del tiempo de Vauban; luego iba la contraescarpa dando vista a la campiña, limitada por el anfiteatro de montañas, que comenzaba en el Monsant y seguía por las otras alturas que formaban la sierra.