De ahí quizá su superioridad colectiva, su sentido social.
Para un hombre llegado de las costas del Atlántico, las orillas del mare nostrum guardan siempre una sorpresa, que a veces toma aspecto de lección. En estas aguas azules del mar latino, que cantan eternamente en las costas, el hombre vive una vida ligera y elástica; allá, a veces, parece superficial lo que en otras partes parece profundo; allá la marea no amenaza constantemente al hombre como en el Océano, y la vida humana se desarrolla en el contacto plácido de la tierra con el mar; de la tierra, que es la patria y la ciudad; del mar, que por el remo o por la vela se convierte en el camino del mundo...
A pesar de esto, la misma magia de la decoración, la misma esplendidez del fondo, hace en estos lugares que el hombre parezca de contornos más limitados, más acusados y quizá por esto más pequeño.
II.
EL CASTILLO
El castillo era un peñón árido que se destacaba de la sierra y avanzaba hundiendo en el mar sus acantilados rojos y amarillentos.
Contemplado a lo lejos apenas se advertía en él mas que alguno que otro lienzo de muralla de color de ceniza, la torre de señales y las baterías altas de su cumbre.
Desde el puerto aparecía imponente con sus paredones grandes de piedra, dorados por el sol; sus torres, sus baterías, sus fortines, sus garitas verdinegras, los traveses, que iban trazando zig-zag por los glacis, y los viejos cañones, que miraban al mar.
La tierra, rojiza, de entre muralla y muralla tenía rincones con almendros y melocotoneros, que en primavera resplandecían como ramos de nieve y de rosa, y taludes con viñas y hierbas salvajes esmaltadas de flores amarillas y azules.