De vez en cuando pasaba algún coche o una tartana de familia rica, y los jóvenes sabían inmediatamente si era Vicenteta o Doloretes, o el padre o la madre de una de éstas, la que iba en el carruaje.
Fuera de las calles céntricas y comerciales, las demás eran rectas, bastante anchas y desiertas. Las casas, bajas, sin alero, de grandes puertas y rejas pintadas de verde, se alineaban una tras otra, inundadas de sol, como ensimismadas en la calma soñolienta.
Los transeúntes eran escasos.
Sólo por la mañana se veían viejas vestidas de negro, de ojos desconfiados, y alguna con su poco de barba, que sacaban una llave de debajo del manto, abrían un postigo y cerraban después dando un gran portazo, manifestando su desprecio para el resto de los mortales.
El barrio de pescadores era lo más pintoresco de Ondara: allí se veían calles estrechas y en cuesta, con casuchas pequeñas, chozas, barcas metidas en los corrales y una población marinera expresiva, exagerada y gesticulante. Los hombres trabajaban, hablando, gritando, en su lengua mediterránea; las viejas, ennegrecidas por el sol, componían redes y velas, y los chiquillos haraposos, con harapos rojos, amarillos, verdes, de los colores más vivos, correteaban con los pies descalzos...
Si Ondara no presentaba nada extraordinario desde el punto de vista arqueológico, poseía una luz mágica que la doraba, la hermoseaba, la convertía a ciertas horas en una ascua de oro, en una ciudad de fuego, y en otras le daba un aire de pueblo oriental, de inmovilidad, de calma y de luz.
Como todas las ciudades del Mediterráneo, nacidas del beso suave de la tierra con el mar, Ondara tenía algo armónico por encima del caos producido por la mezcla de muchas razas y de diversas gentes.
Era ciudad provinciana y cosmopolita, campesina y pescadora. En ella el ser más humilde, el pescador más mísero, llevaba en el cerebro, por la misma limitación del mar interior, una idea del mundo. Allí cerca estaba el Africa, con sus misterios; más lejos, Grecia, Roma, Egipto, con sus ciudades opulentas de cielo incomparable y de suelo fecundo...
El habitante obscuro del Atlántico mira el mar como un final ilimitado; el habitante obscuro del Mediterráneo mira el mar como un camino.