Se comprendía que antiguamente Ondara debió de ser fortaleza importante, casi inexpugnable; del lado del mar tenía que ser muy difícil su conquista, y difícil también del lado de tierra, guardando los pasos de su anfiteatro de montañas.

Todavía fuera de su recinto la ciudad presentaba vestigios de defensa, y a la entrada del puerto, sobre unas rocas, se levantaban dos torrecillas negras medio derruídas: una, llamada el Fortín, y la otra, la Torreta.

La ciudad de Ondara, muy vieja en sus ruinas y muy nueva en sus construcciones, era casi en su totalidad moderna. Únicamente la iglesia mayor, y algunas casas próximas a la muralla, procedían de edades pretéritas.

La iglesia mayor, de traza gótica, tenía una fachada pintada de color azul claro, con una portada barroca y una galería con remates en forma de jarrones.

Esta iglesia se levantaba en el centro de una plazoleta, y se erguía sobre el caserío ondarense con su torre cuadrada y su cúpula de azulejos verdes.

Por dentro, la alta nave mostraba las nervaduras de sus columnas y sus ojivas pintadas de amarillo, y en las claves tenía escudos coloreados.

En las capillas resplandecían los grandes altares churriguerescos, con sus columnas salomónicas retorcidas, y las tablas antiguas pintadas por maestros imitadores de los flamencos.

Otra iglesia existía en Ondara, hacia el puerto; los arqueólogos no hubiesen encontrado en ella belleza alguna; sin embargo, pintada de azul y de rosa, daba la impresión de juventud y de fuerza de una aldeana rozagante.

El caserío de Ondara, agrupado en torno de la iglesia, en la colina del castillo, tenía un aire de inocencia, de beatitud, de paz; parecía un rebaño blanco que rodease a su pastor. En las azoteas de las casas se secaban al sol trapos de mil colores. A los pocos tejados del pueblo la humedad del mar los llenaba de musgo y hacía brotar en ellos hierbales frondosos y verdes.

Ondara no ofrecía nada de caprichoso ni de pintoresco; tenía un barrio de campesinos y otro de pescadores. El centro lo formaban dos o tres calles bastante anchas, con comercios importantes. Paseaban por ellas los señoritos desocupados, los jóvenes militares, arrastrando el sable, y los curas, con su gran teja y las manos a la espalda, recogiendo el manteo por detrás. A ciertas horas cruzaban grupos de mocitas muy garbosas, muy limpias y pizpiretas, que trabajaban en el embalaje de las naranjas.