La ensenada de Ondara, cerrada al norte por el Monsant, circunscrita por la sierra con sus rocas azules por la mañana y moradas al anochecer, termina hacia el sur en una punta baja de arena con un faro en su extremo. Tiene esta ensenada dos playas grandes, abiertas, llenas de pedruscos, ennegrecidas por las algas, y un puerto natural al pie mismo de las casas.
Durante el primer tercio del siglo XIX Ondara era todavía pueblo de alguna importancia estratégica; tenía un castillo y una muralla.
El castillo había sufrido mucho durante la guerra de la Independencia; los cañones estaban desmontados; las casamatas, destruídas; por todas partes quedaban reliquias de una lucha violenta y tenaz.
La muralla general del pueblo, de poco valor defensivo, era baja, sin fosos ni obras exteriores, a trechos aspillerada y a trechos no, interrumpida por baluartes y torreones circulares, con sus correspondientes garitas.
Esta pared moderna, blanca y de poca altura, que rodeaba la ciudad, se unía al castillo y tenía hacia el puerto una explanada grande, llamada la Glorieta, y un hornabeque con sus baterías.
Había, además de la pared baja, que circunvalaba a Ondara, restos de fortificaciones, antiguos lienzos de muralla de color de ámbar dorados por el sol de los siglos y ennegrecidos por el aire del mar.
Uno de éstos, el más extenso, cerraba un gran barranco que existía entre el castillo y el barrio de pescadores.
Era una cortina de piedra de grandes bloques tallados. Los eruditos no se hallaban muy de acuerdo en señalar la época de construcción de esta muralla. Unos la consideraban del tiempo de los etruscos, fundadores de la ciudad; otros, de origen romano.
Los eclécticos afirmaban que había parte de muro antiquísima; otra, romana, y otra, reedificada por los árabes.
El conjunto de murallas de Ondara levantadas en distintas épocas se unía, trazando un 8, encerrando en sus dos círculos el castillo y la ciudad.