EL CONVENTO DE MONSANT
I.
UNA CIUDAD LEVANTINA
A orillas del Mediterráneo y en el fondo de una ensenada hay una pequeña ciudad blanca colocada sobre alta colina y rodeada por una sierra que forma gran anfiteatro de montes desnudos y pedregosos.
Ondara, nombre que unos consideran de origen griego y otros de origen ibérico, se repliega en la falda de un cerro, promontorio destacado de la cordillera que penetra en el mar.
Este promontorio, llamado por los romanos Promontorio Ondarœ, tiene un viejo castillo en la cumbre, y debió ser en otro tiempo una Acrópolis donde se encerraban las tropas con su caudillos a la llegada del enemigo y se guardaban los dioses lares de la ciudad.
La gran sierra, en anfiteatro, de Ondara se levanta al acercarse al mar en un monte más alto, denominado el Monsant.
El Monsant limita la bahía de Ondara por el norte. Hacia el interior tiene un picacho cónico y desnudo, gigante abrumado en la soledad, que debió ser en otro tiempo un volcán, con sus aristas y surcos, por donde corrió la lava. Hacia el mar avanza formando un cabo, como una proa formidable rota por alguna convulsión ígnea en láminas negras, hendidas por rajaduras, en cuyo fondo penetra el agua y golpea como un ariete.
El desmoronamiento del Monsant ha dejado pequeños archipiélagos rocosos: tritones negros que se bañan entre los meandros blancos de las olas y de las espumas.
Neptuno y Anfitrite, con su cortejo de nereidas y de sirenas, parecen presidir estos locos desvaríos del mar.