Después Thompson hizo la expedición de Missolonghi con lord Byron, se casó en Andalucía y acabó olvidando a Kant, a Berkeley, los dibujos, las caricaturas y vendiendo pasas.

Ya sabemos que la mayoría de los críticos suspicaces no creerán en la existencia de J. H.; que supondrán que es un Homunculus creado por nosotros con una fórmula más o menos vulgar, pensando que el inglés jovial no existe y que, a lo más, es un embolado que el editor de esta obra trae del cabestro para entretener al público.

Piensen lo que quieran estos críticos suspicaces, el editor no vacila en afirmar, con la mano puesta en el corazón y con la lealtad de un hombre que desciende, según su difunta tía, de uno de los más ilustres caballeros de la antigüedad, contemporáneo del reino, que J. H. vivió, existió, tuvo realidad objetiva en nuestro pequeño e insignificante planeta.

Algunos escépticos han intentado sembrar dudas acerca de la autenticidad del Convento de Monsant, basándose en hallarse raspados, borrados y sustituídos por otros escritos encima los nombres de los personajes que intervienen en la acción.

Al mismo tiempo afirman que está cambiado el nombre de la ciudad levantina que aparece como fondo, pues la Ondara que figura aquí no es la Ondara de la provincia de Alicante, que no es puerto de mar.

Nada de esto ha podido quebrantar nuestra fe en la existencia de J. H. y en la veracidad de su relato.

Para nosotros, El Convento de Monsant es tan auténtico, tan demostrado como el Viaje sin objeto.

Se podrá argüir que ambas narraciones no son brillantes, que no tienen la magia de estilo de un poeta meridional, que están escritas, como quien dice, en tono menor; pero todo ello depende de que la visión de J. H. es la visión escueta y descarnada del que mira y contempla con la pupila fría de un hombre del Norte, acostumbrado, como disecador, a ver la entraña de las cosas.

Hechas estas salvedades, para dejar en buen lugar nuestra seriedad de hombres históricos y nuestro respeto por las grandes verdades de la filosofía, la geografía, etcétera, etc., pasamos a copiar los dos relatos de J. H., ex disecador, ex acuarelista, ex caricaturista y vendedor de pasas.