J. H. discutió con sus amigos acerca de las grandes antinomias del pensamiento humano.

J. H. profundizó los tres diálogos entre Hylas y Philonous de Berkeley, y se convenció de que el mundo, la materia, los astros, el amor y hasta las casas de préstamos, que a veces frecuentaba por ineludible necesidad, no tenían realidad objetiva.

Llevado por estas ideas, o por sus inclinaciones, en vez de dedicarse a cosas sanas, decentes y respetables, como la abogacía, el comercio o el préstamo usurario, J. H. se dedicó al dibujo, a la caricatura, a la pintura y a otras absurdidades que, en general, no conducen mas que a sentir el hambre con violencia y en horas intempestivas, en que no suenan los tres golpes de la campana del comedor de un hotel.

A J. H., además de llevarle a la ruina, le obligaron a escapar de Inglaterra.

—¿Adónde ir?—se dijo J. H.—. ¿En dónde colocar la débil e insegura planta?

¿Conoces tú el país donde maduran los limoneros y en el follaje sombrío brilla la naranja de oro.

Esta pregunta se hizo J. H., como Mignon en la canción de Goethe.

No; no conocía el país donde maduran los limoneros, ni la montaña y su sendero brumoso, ni la tierra que se adorna con el mirto discreto y el soberbio laurel.

No conocía J. H. mas que las calles sucias de Londres y las tabernas de la City; y como un ibis de los que había disecado su padre, antes de caer bajo el plomo de un cazador irrespetuoso, extiende sus alas sobre las aguas del Nilo y se lanza en el espacio azul, él levantó el vuelo y se vino a España. Sus aventuras en nuestro país le impulsaron a escribir el Viaje sin objeto.