Por ahora, a pesar de haber revisado todos cuantos diccionarios enciclopédicos han caído en nuestras manos, no lo hemos visto citado entre los Bossuet, los Solís, los Macaulay, los Cantú, los Thiers y otros grandes historiadores, magníficos por su elocuencia, su pedantería y su moral, que han contribuído a aburrir al mundo; tampoco se sabe que el dicho Thompson perteneciera a ninguna academia de buenas ni de malas letras, histórica, arqueológica, lingüística o filatélica, lo cual, unido a que no tuvo, al parecer, ninguna cruz, ni encomienda, ha hecho pensar a muchos que debió ser hombre de poca formalidad y de poca importancia.
Los datos que hemos podido recoger de este inglés extravagante y jovial, proporcionados por uno de sus amigos, son los siguientes:
Juan Hipólito Thompson era hijo de un disecador de animales de Holborn Street, en Londres, y sobrino de un farmacéutico de Soho, de la misma ciudad.
J. H. pasó la infancia en el taller de su padre, entre tigres, serpientes, caimanes, cocodrilos y otros animales disecados, llenos de escamas, garras, uñas, picos, y de furor en vida; y de paja, papel de periódicos, virutas, y serenidad después de la muerte.
J. H. jugó con los ojos de cristal que habían de resplandecer en las cuencas vacías de los monstruos; J. H. se divirtió con los dientes afilados de las fieras; J. H. se entretuvo con las lenguas rojas de las alimañas, con las plumas de los pavos reales y las crestas de las abubillas.
J. H. vió claramente que un cocodrilo nunca tiene una mirada tan fascinadora como cuando se le ponen ojos de cristal, y que una serpiente de cascabel nunca parece tan de cascabel como cuando se le ata uno de estos adminículos a la cola.
Tan grandes descubrimientos le condujeron con rapidez al escepticismo.
Esta colección de uniformes barrocos que posee la madre Naturaleza, esta guardarropía absurda y caprichosa, llevó a J. H. a mirar con cierto desdén la realidad fenomenal y a sentir una gran inclinación hacia el conocimiento de esa incógnita que los sabios llamamos lo nouménico, y también la cosa en sí.
Como hemos indicado antes, J. H. tuvo un tío, soltero y de alguna posición. Este señor, bibliófilo y ex farmacéutico, que vivía rodeado de libros y de estampas, hizo leer a su sobrino las obras de los filósofos, entre ellos Bacon, el caballero Locke, Berkeley y Kant.