IX.
ULTIMA HAZAÑA EN LONDRES
Un día leí en un periódico el descubrimiento de una falsificación de billetes de Banco y la prisión de los falsificadores y encubridores, entre los cuales se encontraba mi amigo Percy Harrison. Will Tick no aparecía en la lista de los presos.
¿Sería extraño al asunto? ¿O se habría escabullido de las garras de la justicia con arte?
Dada su habilidad y su maña, era cosa muy probable.
Unas semanas después iba yo muy envuelto en mi gabán raído, y más envuelto aún en una niebla espesa y rojiza, a casa de mi padre, cuando me encontré a Will Tick hablando con una mujer.
Me paró; le dije claramente que suponía que el instigador de la falsificación por la cual habían prendido a Percy era él; pero Will Tick me demostró, con argumentos, que no era cierta mi sospecha.
Sus razones mitigaron la cólera que sentía en contra suya, y hablamos largamente. Le dije que pensaba marcharme a España.
—¿Tienes dinero?—me preguntó.
—No.
—¿Sabes a quién le podríamos sacar unos cuartos?