—¿A quién?

—A mi padre.

—¿Cómo?

—Tu tío ha dejado en depósito cuarenta libras esterlinas en casa de mi padre para que le compre la biblioteca de un anticuario que ha muerto. Mi padre ha visto la biblioteca y siente tener la necesidad de comprarla para tu tío, porque en esa biblioteca hay algunos libros de valor; pero ha dado su palabra y no se puede volver atrás; perdería un buen parroquiano.

—Entonces no hay nada que hacer.

—Sí, hay mucho que hacer. Mi padre, al menor pretexto que tenga, devuelve con gusto las cuarenta libras esterlinas. Tú vienes conmigo a mi casa, le dices a mi padre que tu tío ha cambiado de parecer, y te entrega las cuarenta libras, que nos las repartiremos.

—No, no. Yo no hago eso.

—Lo haré yo por tu cuenta; pero es necesario que tú te presentes conmigo y recibas el dinero.

Vacilé, porque la cosa me parecía un poco dura, tratándose de un hombre que me había favorecido como mi tío Samuel; pero pensé también: «Si no aprovecho esta ocasión, ¿cuándo se me presentará otra? Hay que decidirse. ¡Adelante!»