Fuimos a casa de Tick, y Will habló a su padre.

El viejo falsificador escuchó largo tiempo sonriendo, moviendo la cabeza en ademán negativo, hasta que se decidió, y sacando de un cajón las cuarenta libras esterlinas me las puso en la mano. Will me empujó a la salida y me dijo:

—¡Venga mi parte!

Le di veinte libras; luego me pidió que le diera otras cinco por la comisión.

—No; no te doy una más.

—Bueno. Eres un roñoso. ¡Adiós!

Con el dinero en el bolsillo y el espíritu lleno de remordimientos un poco cómicos, me fuí a los muelles y averigüé que, pocas horas después, al amanecer, salía un paquebot para Burdeos. Como temía la indignación de mi tío Samuel, a quien quizá ya no podría pedir nunca nada en la vida, le escribí una carta desde una taberna contándole la hazaña que habíamos realizado a expensas entre Will y yo. Le decía que obraba impulsado por una fuerza mayor. Después escribí otra carta a mi padre despidiéndome de él, y al rayar la mañana bajaba en el barco por el Támesis, camino del Continente.

—Veremos lo que nos reserva el destino—murmuré, mientras me acercaba a la borda, mareado y con la mano aplicada a la boca del estómago.