X.
LOS DESTINOS ABSURDOS
Cualquiera, al leer la frase final del capítulo anterior, supondrá que yo soy un fatalista. No; no lo soy. No lo soy, pero no ando lejos de serlo. Esta idea de fatalidad es un poco confusa. Encerrando la idea de predestinación, es para mí falsa; pero significando sólo destinación, me parece exacta.
No cabe duda que si uno marca en un papel una serie de puntos, se pueden unir éstos con una línea; tampoco cabe duda que la tal línea tendrá un carácter: será recta o quebrada, y presentará una figura especial. A esta figura, después de hecha a posteriori, le llamaremos necesidad, destinación, y si estuviera hecha a priori, le llamaríamos fatalidad, predestinación.
En el punto 1 de la línea no sabemos dónde va a caer el punto 2, ni en el punto 2 cuál va a ser el 3; pero trazados los puntos 2 y 3, podemos asegurar que de ninguna manera, aunque se deshiciera el Universo, podrían estar en otro sitio mas que en el que están.
Tales reflexiones me hacía yo, tendido en un banco de la cubierta del paquebot, a medida que salíamos del canal de la Mancha y se me iba pasando el mareo.
Cuando se disipó por completo pensé que sería práctico inventar una finalidad para mi viaje al llegar al Continente, y se me ocurrió una pequeña historia basada en mi tío, el sargento Cox, que había sido un calavera y había estado en la Península con las tropas del general Moore. Me pareció que nadie se incomodaría porque ascendiese un poco en el escalafón a mi tío, y decidí llamarle el comandante Cox. El comandante había muerto en la Península, dejando una pequeña fortuna, que yo iba a recoger, ¿cinco mil libras?, ¿seis mil libras? Creo que nadie se enfadaría si elevaba la herencia a diez mil libras.
Animado por una perspectiva tan agradable, me levanté de mi banco y me puse a pasearme por la toldilla.
Había otro joven, poco más o menos de mi misma edad, que llevaba por todo equipaje una caja de tabaco; nos pusimos a hablar, y, llevado por esa necesidad de confidencia que se siente al viajar solo, le conté mi historia.
—¿Así que va usted sin objeto al Continente?—me preguntó.
—Sí.