—Pues a mí me pasa lo mismo; pero como soy en el fondo fatalista, creo que adonde me lleve la casualidad allí estaría fijado mi sino. Aquí donde me ve usted, salgo de una cárcel, donde he estado durante algún tiempo deshaciendo cuerda.
—¿Hizo usted alguna falsificación?
—No; yo estaba en relaciones mercantiles con una banda de ladrones que me alimentaban. Una vez proyectaron un robo en un hotel. Cada cual tenía su misión; yo era el encargado de echar un pedazo de carne con láudano al perro. Me dieron el frasquito y, como yo soy desmemoriado, lo dejé en un rincón; luego lo confundí con una botella de una salsa, y eché salsa a la carne que tenía que comer el perro, y, claro, no se durmió. Resultó que la policía estaba avisada, y que me habían visto echar la carne al perro, y que nos prendieron a todos los ladrones, a mí con la botella de la salsa. Cuando le conté lo ocurrido a mi abogado, éste dijo en el juicio que yo era un joven muy virtuoso, y explicó cómo había caído en manos de malhechores, que me habían enviado con un frasco de láudano y un pedazo de carne para echársela al perro, y yo había dejado el láudano y cogido una botella de salsa para rociar con ella la carne que iba a echar al guardián de la casa.
Reconocieron todos los jueces que yo era un joven virtuoso, y me echaron a la calle, donde empecé a morirme de hambre.
Entonces entré en sociedad con un par de individuos que se dedicaban a ese negocio bastante lucrativo que llaman los franceses chantage. Llevaban ya en preparación uno importante; tenían documentos de un político, con los cuales pensaban sacar mucho dinero, y me enviaron a mí a hacer la proposición. Llegué yo a casa del político con la lección aprendida; pero no sé cómo me las arreglé, que confundí todo lo que tenía que decir; descubrí el juego de mis socios e hice que nos metieran a todos en la cárcel.
Como la otra vez, me absolvieron, y considerándome, sin duda, como un inconsciente, me llevaron a un asilo, donde he estado durante algún tiempo haciendo estopa.
Al salir del asilo pensé si mi porvenir estaría en explotar a las mujeres. Elegí una muchacha que me pareció dócil, y comencé a cultivarla con el fin de vivir a sus expensas; pero se interpuso un hombre, luché con él; nos llevaron a juicio, y todo el mundo creyó que yo era un idealista y que me había pegado con mi rival por defender a una dama.
Ayer estaba en Hyde Park, al anochecer, pensando en la manera de quitar a una señora, acompañada de un caballero, un collar que llevaba, cuando vi que el señor que hablaba con esta dama era el político a quien habíamos querido explotar. Este se acercó a mí y me dijo:
—Si no hablas de lo que has visto, te daré veinte libras.