Yo no había visto nada. Alargué la mano y recibí un billete. Fuí al Arco del mármol y miré el billete a la luz de un farol. Era bueno.
Por la mañana compré un traje, comí y me vine a este barco. Voy a desembarcar en Francia, en donde no sé qué haré. Ya que no puedo ser un criminal hábil, intentaré ser una persona honrada. Si no puedo ser ni una cosa ni otra, me dedicaré al comercio.
El joven fatalista se encogió de hombros y yo me volví a tender en mi banco.
XI.
EN MEMORIA DE BURTON
El paquebot había entrado en Burdeos. El día, de mayo, estaba espléndido; el sol, brillante. Hacía un ligero vientecillo del norte. Como no llevaba equipaje, salí inmediatamente del barco, fuí a la terraza de un café y estuve contemplando la gente que pasaba y el movimiento del puerto. Sentí cierta soñolencia y hubo un momento en que cerré los ojos y estuve desvariando. Creí encontrarme entre mis amigos de Londres y que interpelaba a Burton, que me escuchaba muerto y sonriendo.
J. H. Thompson pone aquí el discurso que dirigió a la sombra de su amigo, que aunque no viene muy a cuento lo insertamos:
—¡Qué error el de suprimirse así del mundo de los vivos!—le dice a su amigo—. ¡Qué error, querido Burton. Habiendo este sol y este aire puro, y este cielo azul, surcado por nubes blancas, y estas gentes que van y vienen, y estas extrañas apariencias de la Cosa en sí! ¡Qué error, amigo Burton, el suprimirse!