Oh, no; yo no te diré que estos hombres valgan la pena de ser hablados, ni que estas mujeres sean Ofelias románticas y puras, no. Es posible que la mayoría de todos ellos sean ganado vacuno, o quizá de cerda; pero ¡qué cielo! ¡qué luz! ¡Cómo se siente la sangre que circula por las venas!

¡Qué error, amigo Burton, el de suprimirse!

No, yo no trataré jamás de convencerte de que el amor y la fraternidad humana nazcan con tanta facilidad como las algas en el mar, ni que la amistad pura sea una cosa corriente. Yo reconozco, de buen grado, como tú, que la mayoría de los hombres somos egoístas y bestias, ¿pero qué duda cabe de que los hay inteligentes y buenos?

Ciertamente, yo no creo en las grandes palabras; soy nihilista de todos los nihilismos, y ateo de todos los ateísmos; pero, aun así, amigo Burton, ¡qué error más grande el de suprimirse!

Verdad que todo lo que nos rodea es fugitivo, es inasible; pero nos queda el momento, ¡el minuto! ¡Cosa admirable!

Sí, quizá las grandes palabras se encuentren un poco vacías; pero en cambio las pequeñas, ¡qué llenas están!

Una conversación agradable, una mujer bella que pasa, una bocanada de aire puro de un día de verano, un libro entretenido...

—¡Qué error, amigo Burton, el de suprimirse!

Tú afirmarás que nuestra vida no es nada, que un guiño de una estrella representa más que todas las existencias humanas.

Yo te contestaré que la grandeza y la pequeñez son ideas relativas, y que los soles de la Vía Láctea y los rayos de Sirio o de Aldebaran son menos trascendentales para ese señor que pasa y para mí que la lámpara que se nos apaga por la noche.