Sí, amigo Burton; ese infinito del Universo que tanto te preocupaba es, después de todo, un infinito de negaciones, y esas nebulosas de estrellas no deben tener más importancia para nosotros que las nubes de chispas que salen de una fragua.

Tú me dirías, bajando a la vida fisiológica, que cuando el engranaje de nuestras ruedas interiores chirria, todo es molestia y dolor. Es verdad.

Pero aun así, en los intervalos del dolor se puede encontrar momentos de placidez y de reposo.

¡Qué error, amigo Burton, el de suprimirse!

Así sigue perorando Thompson, hasta que dice que despertó, abrió los ojos y, en vez de ver a su antiguo camarada, vió los mástiles de los barcos, que se balanceaban en el puerto.


XII.
CHARLATANES Y SALTIMBANQUIS

Dejé el café y las divagaciones—sigue escribiendo Thompson—y fuí a hospedarme a un garni barato, desde donde escribí de nuevo a mi tío. Le decía que William Tick había sido el inventor de la combinación para sacarle las cuarenta libras esterlinas, y que yo no había hecho mas que dar mi asentimiento, por encontrarme perseguido por un acreedor, que me puso en la alternativa de pagarle inmediatamente o llevarme a la cárcel. De tanto repetir esta invención, llegué a creerla. Comunicaba también a mi tío mi proyecto de ir a España, y le juraba que si conseguía encontrar trabajo le devolvería el dinero. También le escribí a mi padre. Los dos me contestaron en seguida; mi padre, dándome consejos; mi tío, menos incomodado de lo que yo suponía. Por lo que me contaba, advertido por la carta que le envié al salir de Londres, había comprado la biblioteca del anticuario antes de que se presentara Abraham Tick.