—Poca cosa.
—Esos animales se han copiado del natural.
—No. ¡Ca! No puede ser.
Y expliqué cómo y por qué esto no era posible.
—¿Lo haría usted mejor?
—Yo, ¡ya lo creo! Soy disecador de Londres y pintor.
—Sí; en Londres se trabaja bien en estas cuestiones; pero en París tampoco se hacen las cosas mal. No hay que quitarle nada a París.
Callé, como no queriendo comprometerme demasiado, y entonces el dueño de las figuras de cera me dijo si tendría inconveniente en trabajar para él, modelándole en cera varias alimañas en actitud feroz, y retocando algunas figuras como la de Danton, la de Fualdés, el asesinado, y otras que habían perdido el color, pues la gente no se contentaba con ver sus caras, sino que quería tocarlas.
—¿Tanto tiempo va usted a estar aquí?—le pregunté yo.
—No, me marcho en seguida; pero usted puede venir conmigo en mi coche.