Quedamos de acuerdo en que le haría el trabajo y en que él me proporcionaría los útiles necesarios, pagaría mis gastos y me daría tres francos al día. Me instalé en su carreta de cuatro ruedas, cerrada y con techo, y comenzamos a marchar despacio camino de Pau.
El dueño de las figuras de cera, monsieur David, era un señor fino que hubiera podido ser académico, notario o enterrador. Vestía de negro y llevaba una cinta roja en el ojal. Viajaba en compañía de sus figuras de cera y de su criado Michel. Al mismo tiempo que monsieur David, y llevando el mismo camino, iban varias carretas: dos de un domador de fieras, que se decía húngaro, con un león viejo, unas panteras y varios monos; un coche de una señora que tenía cacatúas amaestradas; un furgón de un domesticador de focas, y un tílburi de un charlatán vendedor de específicos, prestidigitador, sacamuelas y frenólogo.
En el camino nos encontramos con saltimbanquis, gitanos, y alguna mujer harapienta con un carretón donde llevaba un organillo y la familia menuda.
En los tres días que fuí en compañía de monsieur David, puse los más brillantes colores en las mejillas de Fualdés, el asesinado; animé los ojos de María Antonieta, de Carrier, de Napoleón, de Danton y de Marat, y comenzaba unos bocetos de fieras cuando nos detuvimos en una posada, poco antes de llegar a Pau.
Estaba lloviendo; se metieron las carretas en un corral y nos reunimos en un cuarto de la posada, el domador húngaro y su criado, el charlatán prestidigitador, un ventrílocuo, el domesticador de focas, la madama de las cacatúas, monsieur David y yo.
Cenamos juntos, y como esta gente es jactanciosa, cada cual contó sus triunfos en los diferentes pueblos del tránsito. El domesticador de focas hizo tales elogios de sus animales, que la gente los tomó a broma. Apostó entonces él a que enviaba a su Baby, la mejor de sus focas, con una carta para monsieur David, y a que se la entregaba. Se aceptó la apuesta y se puso dinero en pro y en contra. El domesticador salió del cuarto al patio y, poco después, vimos a la foca que avanzaba pesadamente con sus aletas por el pasillo, entraba en el cuarto donde estábamos, ofrecía un sobre que llevaba en la boca a monsieur David y le hacía una ceremoniosa reverencia. Se aplaudió al domesticador de focas y a su discípula Baby, que se dieron un beso. El charlatán explicó sus juegos de manos, y después sacó una baraja e invitó a una partida. Yo creí que los demás no aceptarían. ¿A quién se le ocurre jugar a las cartas con un prestidigitador?
Se sentaron en la mesa, y el charlatán, el domador, la madama de las cacatúas, el domesticador de focas y monsieur David barajaron y cortaron y se pusieron a jugar a la malilla. Yo me tendí en un diván y me quedé dormido.
A media noche me despertaron los gritos.