Me dijo burlonamente que el dueño de las figuras de cera y el prestidigitador le habían robado su dinero. Era necesario que le pagase yo.

—Yo, hombre, ¿por qué?

—Porque me han estafado. Venga el dinero... Si no...

—Si no..., ¿qué pasará?

—Se arrepentirá usted—y dió un latigazo sobre el diván, y las dos panteras saltaron como gatos.

—Espere usted, espere usted, no tenga usted prisa le dije yo, y me levanté y me puse tranquilamente la chaqueta.

—Pronto, pronto—gritó él, asombrado de mi súbita serenidad.

—¡Ah! ¿Pronto? Pues ahora le voy a decir a usted una cosa.

—¿Qué?