—Que no le voy a dar a usted nada.
—¿No? Y levantó el látigo.
—No—le dije yo, y le pegué un puñetazo en la barba que lo tumbé al suelo, derribando una silla y la mesa.
Las dos panteras se escondieron en un rincón asustadas.
Antes de que el domador pudiera levantarse, abrí el cuarto, salí al patio y de aquí al camino. Crucé la aldea y fuí andando hasta que se hizo de día. Estaba a poca distancia de Pau; llegué a esta ciudad, entré en una posada, me lavé, me puse mi traje de señor y metí el otro en el morral. Pregunté cómo podría salir para Bayona. Me indicaron el punto donde partían las diligencias, y me encaminé hacia él con el morral convertido en maleta.
XIII.
COMIENZO DE UNA AVENTURA ROMÁNTICA
Estaba sentado en un banco de la Plaza Real esperando que dieran las ocho y se abrieran las oficinas de la diligencia, cuando vi dos mujeres de luto que avanzaban vacilando y mirando a derecha e izquierda.
Se sentaron en el mismo banco que yo; pero debían estar impacientes, porque se levantaron pronto, dejando un paquete en el asiento.