El oficial enviado por el gobernador se acercó a los tres individuos con el fin de interrogarles.

Los marineros del bote, al momento que dejaron a los hombres con sus equipajes en tierra, separándose del muelle comenzaron a remar furiosamente y se alejaron dirigiéndose a la polacra.

—¡Se van!—exclamaron los del público con sorpresa.

—No; es que van a traer otros—replicaron algunos de esos seres perspicaces que siempre están en el secreto de los acontecimientos.

Los desconocidos acabados de desembarcar se hallaban en el malecón, rodeados de un círculo de marineros, mujeres y chiquillos.

—¡Bueno, bueno, basta ya!—gritaba el hombre pequeño y rubio, dirigiéndose a la multitud—. No seáis imbéciles. Aquí no hay nada que ver. ¡Fuera!

En esto, apartando la gente, se acercó a los tres individuos el oficial enviado por el coronel gobernador.

—¿De dónde vienen ustedes?—preguntó con voz seca.

—Venimos de Grecia, después de haber tocado en Nápoles—contestó el hombre alto y rozagante.