»Eres amable, Mary la de Biriatu, y, sin embargo, eres cruel. Tienes la crueldad de la fuerza, que no sospecha la debilidad ajena; tienes la exactitud del teorema matemático, que es un tormento para la inteligencia obscura; eres soberbia como la Naturaleza, y yo soy humilde como una cosa humana.
»¡Si tú quisieras!, yo saldría de mí mismo como un dragón de su agujero, y sería el hombre más turbulento y más dionisíaco de la tierra. Pero no, no lo sería; lo soy ya.
»Me he transfigurado, y las furias anidan en mi corazón. Ya no soy un inglés pesado y grueso; soy andaluz y tengo sangre mora en las venas; tengo garras como las águilas y colmillos agudos como los tigres. Ya no diseco fieras, las mato; ya no discuto con los hombres, los domino.
»Ven conmigo, Mary, Mary la de Biriatu. Yo te llevaré en mi caballo cordobés, desde el Pirineo a Sierra Nevada y reposaremos al pie de las palmeras de Andalucía al son de las castañuelas y las guitarras.
»Si quieres que sea contrabandista, Mary, me haré contrabandista; si quieres que sea salteador de caminos, lo seré sin miedo e imitaré al bandido generoso,
el que a los ricos robaba
y a los pobres protegía.
»Para mí no habrá más leyes que tu capricho, Mary, Mary la de Biriatu; para mí no habrá más cielo azul que el azul verdoso de tus ojos. Con el trabuco al brazo, montado en mi jaca torda, seré una exhalación. Yo me escabulliré de entre las manos de la justicia y haré llorar de rabia a los alguaciles, y a los alcaldes, y a los corchetes de la Santa Hermandad.
»¿Hay que desafiar al rey, a la Inquisición, a los ángeles, a los demonios?
»Aquí estoy yo. Yo robaré las alhajas de la Virgen para adornar tu garganta y te daré la Biblia de Lutero para que con sus hojas hagas papillotes.