Mary la de Biriatu iba y venía trayendo platos, haciendo poco caso de mis frases.

Cuando se acabó la cena le dije que ya que no podía verla quería marcharme al amanecer y que me diera la cuenta.

Me la trajo y quise darle de propina un luis de oro.

—No, no—me dijo—; guárdese usted su moneda de oro. No la quiero.

—¡Pero, si yo no la pido nada a cambio!

—Es igual; no la quiero. Le hará a usted más falta que a mí. ¡Adiós! Buenas noches.


J. H. Thompson dice, al llegar aquí, que se metió en su cuarto y sacando lápiz y papel escribió una poesía en inglés en honor de la muchacha que encontró en la fonda. La tal poesía es una españolada poco seria que no nos puede agradar a las personas sensatas, y si la traducimos y la copiamos es, más que para otra cosa, para demostrar la extravagancia de los extranjeros cuando se ocupan de España. Dice así la canción traducida al pie de la letra:

«A Mary la de Biriatu:

»Tienes los ojos azul verde claros, Mary la de Biriatu, como las olas del mar; tienes la boca burlona y fresca y el cuerpo ágil y armónico como el de una diosa. Cuando te veo marchar de aquí para allá, mi corazón tiembla y siente el mismo sobresalto que si fuera una pieza de porcelana de Sèvres en manos de una criada cerril, o la copa más fina de cristal de Bohemia entre los dedos de un chico atolondrado.