SEGUNDA PARTE
DEL PIRINEO A MADRID
I.
LOS PLACERES DEL CAMPO
Cuando yo leía de chico las descripciones de los placeres campestres—dice J. H. Thompson—, me parecían una de las cosas más insulsas y más tontas del mundo. Es extraño cómo la retórica, a fuerza de repetir las mismas frases, llega a borrar todo sentido de la realidad.
Los placeres campestres en las páginas de los escritores bucólicos del siglo XVII y XVIII han sido siempre placeres amables y sociales; se ve que para estos escritores la Naturaleza estaba representada por un parque bien cuidado, como para Fenelón la gruta de Calipso era uno de los subterráneos del jardín de Versalles. Los placeres campestres en la pintura han sido también tan sosos, tan amanerados, como los descriptos por los poetas.
Al llegar a vivir en el campo por primera vez, nunca recordé las descripciones que había leído en la infancia, ni los cuadros de los pintores. No me acordé jamás de Galatea, ni de Amarilis, ni de Thirsis, ni de Nemoroso; todas estas amables personificaciones no salieron del estante que les corresponde en el armario de la guardarropía poética para presentarse a mi imaginación. Me desdeñaron tanto como les desdeñaba yo a ellas.
Al acercarme al campo, la Naturaleza, en vez de una impresión amable, pastoril y bucólica, me dió una sensación ruda y me habló con una voz áspera y discordante.
El viento y la lluvia, el murmullo de los árboles en el follaje y el rumor del arroyo, el caminar por entre las altas hierbas o por el claro del bosque me produjeron una sorpresa.
Tuve también otras sorpresas y descubrimientos. Uno de éstos fué encender hogueras.