Pocas cosas me han parecido tan sugestivas. ¡Hacer fuego al borde de un camino y ver cómo chisporrotean las hierbas secas, serpentean las llamas y se desparrama el humo por el aire! ¡Qué gran placer! ¡Qué eterna admiración!
Siempre parece un espectáculo nuevo, como si guardara uno en el fondo del alma el asombro del hombre primitivo, descubridor del fuego al ver levantarse las llamas en el aire.
Este es uno de los grandes placeres tristes y melancólicos del campo. Mirar la llama de la hoguera, ver el humo que mancha las claridades del crepúsculo, mientras las estrellas comienzan a presentarse en el cielo...
Hoy, al pensar en ello, siento melancolía, la melancolía del enamorado de la Naturaleza unida a la melancolía del reumático.
II.
ERLAIZ EL PANADERO
Después de mis libaciones dejé la venta de Inzola y comencé a marchar hacia Vera. Enfrente tenía un enmarañamiento de montañas fragosas y obscuras, de crestas y de barrancos.
Por toda la zona pirenaica vasconavarra ocurre lo mismo: lo trágico y fosco ha quedado para España; lo sonriente y amable, para Francia.
A pesar de esto, el espíritu de los vascos de un lado y otro de la frontera ha quedado el mismo; la misma seriedad, el mismo gusto por los trajes negros, el mismo aire de desilusión.