Parece que este pequeño pueblo tiene la conciencia vaga de su desaparición, de su absorción por los de alrededor, y le queda la tristeza y el orgullo de los pueblos viejos que se hunden sin dejar apenas rastro de su existencia.
Bajaba despacio de la venta de Inzola a Vera del Bidasoa cuando oí a lo lejos el ruido de una carreta. ¡Cómo chirriaba! Tan pronto se la oía como se perdía su sonido, como volvía a aparecer. Estas carretas vascas tienen las ruedas de madera de una sola pieza y sujetas al eje, lo que hace el rozamiento muy grande.
Preguntaba unos días después a los campesinos en Vera por qué hacían así las carretas, al menos por qué no daban sebo a los ejes, y uno me dijo que con aquel chirrido áspero se divertían los bueyes, y otro, que así no había que avisar a nadie del paso de la carreta, porque el chirrido de las ruedas avisaba solo.
Iba bajando al fondo de un arroyo, a cuyo borde se veían varios caseríos, cuando me encontré con un viejo que marchaba seguido de su perro. Era un hombre afeitado, encorvado, con un perfil de cuervo.
Entablé conversación con él y, después de someterme a un interrogatorio, me dijo que andaba buscando minas.
En el interrogatorio tuve que decir quién era y a qué venía a España, y eché mano del mito Cox y de la herencia, y expliqué mis planes.
El mismo individuo me preguntó qué pensaba hacer en Vera; le dije que pasaría allí un día nada más y seguiría adelante.
—¿Tiene usted posada?
—No.
—Pues yo le llevaré a casa de un paisano amigo mío, que le hospedará barato.