Llegamos a uno de los barrios del pueblo al anochecer. En lo hondo de un valle se veían unas cuantas casas viejas en fila, envueltas en la niebla; el humo salía de las chimeneas en ligeras columnas azules.

El viejo y yo recorrimos una calle larga, pasamos por cerca de la iglesia y salimos a la carretera, a orilla del Bidasoa, y en una casa con una tienda nos detuvimos.

A la puerta estaba Erlaiz, el panadero; hablaba con un herrador de una fragua próxima. El panadero, un hombre bajo, cuadrado, picado de viruelas, de cara fosca y ceñuda, explicaba algo al herrador, hombre grueso, panzudo, con una sonrisa llena de malicia.

El panadero nos recibió ásperamente, al viejo y a mí, y a una muchacha que estaba en la tienda le dijo que me llevara a una habitación.

Crucé la tienda, subí a un cuarto pintado de verde, me lavé y eché un vistazo al pueblo. El vasco es indiferente y un tanto hostil al extranjero; aunque se le hable en español, si le ven a uno extraño, le miran con desconfianza y con suspicacia. La gente a quien pregunté algo, en vez de responderme dándome los datos que les pedía, me contestaban preguntándome a qué venía y qué pensaba hacer.

Estos vascos recelosos suponen que se les tiende un lazo al hacerles la pregunta más sencilla.

Pensé que no estaría muchas horas en el pueblo.

A la hora de cenar volví a mi posada de casa del panadero, y me hicieron pasar a un comedor, en donde se hallaban el buscador de minas, que había encontrado en el monte, Erlaiz y un militar.

El panadero, mi patrón, cambiado por completo de aspecto, se mostraba sonriente y amable. Me indicaron mi sitio en la mesa, y nos pusimos a cenar.

El viaje me había abierto el apetito, y di un ataque formidable a los platos, al pan y al vino. Los demás no se quedaron atrás. Después de cenar trajeron café y licores, y nos pusimos a hablar y a cantar. Yo no he visto compadres más alegres que aquéllos.