El militar, guerrillero con Mina en la guerra de la Independencia, contó sus hechos de armas, y el panadero habló de sus aventuras en tierra de Castilla.
Los dos estuvieron a cuál más exagerados.
Estos buenos vascos, cuando se lanzan a ello, son un tanto fanfarrones, como los escoceses de Walter Scott, o como los gascones. Al oírles a ellos, cualquier encuentro de cincuenta hombres contra otros cincuenta es una batalla de Austerlitz; una aldea con cuatro casas viejas, una Florencia y un granero con una torre es el Louvre o el Kremlin.
Después de las hazañas del militar y del panadero, el viejo buscador de minas, que se llamaba Bidarraín, nos dió lecciones de botánica y de mineralogía popular, mezcladas con algunas supersticiones.
A las doce y media, rendido de sueño, me fuí a la cama, dormí de un tirón hasta las diez, y, al despertar, pensé si la cena de la noche habría sido una realidad o una fantasía.
Me vestí, bajé a la tienda de Erlaiz y me lo encontré displicente y malhumorado.
—Ahí ha venido ese viejo Bidarraín a preguntar por usted—me dijo—. En la huerta debe estar.
Tomé el café con leche que me sirvió la sobrina de Erlaiz, salí a la huerta y encontré al viejo buscador de minas.
Me preguntó si quería dar un paseo con él, le dije que sí y echamos a andar. Bidarraín me mostró varias muestras de mineral, y hablamos de mineralogía y de botánica. Luego le pregunté qué clase de hombre era Erlaiz, el panadero, pues me parecía de genio mudable.