Bidarraín y Erlaiz me llevaron varias veces a ver sus minas. Estaban empeñados los dos en que yo entendía mucho de minería; pero que, por razones especiales, no lo quería confesar.

Erlaiz y Bidarraín me pidieron que les escribiera varias cartas en francés y en inglés, y cuando yo indiqué al panadero me hiciera la cuenta, me dijo que no le debía nada.

El teniente Leguía pensaba marchar a Elizondo con unos cuantos hombres de su partida, y yo quedé en acompañarle y seguir después a Pamplona.

Con este motivo se decidió obsequiarnos a los dos con una cena de despedida en las Ventas de Yanci.

Eramos los comensales, además del panadero, Leguía, Bidarraín y yo; dos milicianos nacionales, sargento y cabo de la partida de Leguía, y un liberal de Vera, que gastaba antiparras de plata, a quien llamaban Laubeguicua (el de los cuatro ojos).

Fuimos todos paseando a las Ventas de Yanci, que distan una legua y media de Vera; nos sentamos a beber sidra, y se llamó al ventero y a la ventera y se les sometió a un grave interrogatorio.

Erlaiz, Bidarraín y el sargento de milicianos dieron a la consulta una importancia sacerdotal.

—Vamos a ver, ¿qué podemos comer?—preguntó Erlaiz.

—Si quieren ustedes un cordero, ya lo asaremos—dijo la ventera, cantando al hablar.