Tafalla es una ciudad colocada en una enorme llanura. Tiene una campiña fértil y de aspecto monótono, formada por viñedos, trigales y huertas.
Este pueblo se me figuró una granja colocada en medio de sus tierras de labor.
Por todas partes se notaba el reinado de Baco, de un Baco huraño y violento. Se veía vino en las barricas, en los toneles, en las palanganas.
Pasé la tarde y la noche en Tafalla en una taberna.
La gente me pareció agresiva y malhumorada. Únicamente estos ribereños se humanizaban hablando del vino, por el cual tenían una verdadera adoración.
Allí el vino es un dios, un dios que hace a los hombres irritables y violentos.
En toda la ribera de Navarra la agresividad es una costumbre.
El carácter de los ribereños es de una petulancia que desconocen los vascos de la montaña. Al llegar a Castilla esta petulancia se transforma en una serenidad arrogante, a veces un poco teatral, pero que da cierta idea de nobleza.
Uno de los rasgos simpáticos que encontré en estos navarros, rasgos que quizá es común a todos los pueblos un poco primitivos, fué el tener cierto desdén por el dinero.