El amo de la posada de un pueblo considera mucho más al compadre suyo que al forastero rico.
Esto me parece muy bien. Yo soy de los que creen que el dinero no es apenas de uno; solamente son de uno los instintos y las pasiones, las enfermedades y los deseos.
Salí de Tafalla de noche, antes de que apuntara la mañana, y comencé a marchar.
Entreví en Olite al amanecer las torres amarillentas de su castillo y seguí por la orilla del Cidacos. Comenzó el día muy temprano. Persistía el horrible bochorno; tuve que ir quitándome ropa, y llevándola al brazo. Mi primera entrevista con la tierra llana española era poco grata. Mi cuerpo marchaba en perpetuo incendio; tenía la cara roja, los ojos inyectados, las manos abultadas por la sangre. El maldito bochorno no desaparecía. El cielo seguía gris y el aire caliginoso.
Almorzamos Philonous y yo en la venta del Morillete, y tuvimos que detenernos en un pueblo requemado y polvoriento, con unas cuevas agujereadas en una tierra blanca y arenosa y una gente áspera y desabrida.
Todo el mundo estaba con plan de reñir. Se lo hice notar al posadero y éste me dijo, riendo, que a aquellos navarricos no los bautizaban con agua, sino con vino.
Inmediatamente que el ribereño bebe se muestra jactancioso y desafiador y siente deseos de golpear o de herir.
En este pueblo, donde me detuve, me contaba un mozo con satisfacción que todos los sábados había allí trabucazos. No se podían tener faroles en las calles porque al día siguiente estaban hechos añicos.
Otro mozo de Ujué que estaba oyendo dijo, celebrándolo, que en su pueblo era una cosa rara un día sin puñaladas y que había habido un cura que tenía que ir a decir misa con el trabuco debajo del manteo, porque si no se burlaban de él. Esto me entristeció.
—En el fondo, la gente no tiene la culpa—dije—. Es la geografía en connivencia con las instituciones la que produce tales efectos.