Es imposible que la gente sea civilizada y sociable en una tierra gris, abrasada por el sol, olvidada por las personas ricas, donde no hay frescura, ni sombra, ni medias tintas y a la cual no llega ni el eco más lejano de la cultura de Europa.

Mientras marchaba por estos pueblos, Philonous me producía serios conflictos, y yo, como Pedro, tenía que negarle más de tres veces.

Hacía barbaridades; un día entraba en la cocina de una venta, tiraba la olla y se la comía; otro salió de una tahona con todo el hocico lleno de harina, perseguido por el tahonero; también se comía los pollos que podía, pero sólo cuando estaba muy hambriento.

Muchas veces no le veía en todo el día, pero luego, por la noche, se me acercaba y me daba con la pata, como diciendo: Aquí estoy, amigo.


XI.
LAS MOSCAS

Tanto o más que el calor me molestaban en mi viaje las moscas. Había en las calles de estos pueblos una cantidad inconcebible de moscas, pesadas, pegajosas, repugnantes.

—Mientras haya moscas en el mundo no habrá civilización—me decía yo con tristeza.

Para combatir sus ataques, me puse a filosofar acerca de ellas, en lo perniciosas que debían ser y en la poca ciencia que demuestra la Naturaleza, que se deja llevar de sus rutinas y de sus lugares comunes de una manera lamentable.