—Puesto que aquí tenemos que estar algunos días, vamos a ver si limpiamos esto—dijo el hombre alto.
—Vamos allá—repuso el pequeño.
Se quitaron los dos las levitas, y en mangas de camisa y con un cubo cada uno, fueron a orillas del mar a buscar agua. Estuvieron después una hora, armados de escobas, barriendo y baldeándolo todo, hasta dejar el suelo limpio.
Terminada esta faena, sacaron unos jergones viejos y los sacudieron al aire libre.
El enfermo dijo que tenía ganas de tenderse; le pusieron dos jergones en el suelo, uno encima de otro, y se acostó envuelto en una manta.
Los dos hombres sanos, después de acabar la tarea, quedaron a la puerta, cansados, sin hablarse, en una plácida contemplación del paisaje.
Iba anocheciendo. Enfrente se veía el mar, rizado, con adornos de plata; a la derecha brillaban las murallas del castillo con los últimos resplandores del sol; a la izquierda se veía una punta lejana azul con un faro, cuya luz escintilaba pálidamente en el cielo incendiado del crepúsculo.
Las nubes, grandes y algodonosas, tomaban un tinte cobrizo; el viento fuerte del anochecer rizaba el agua en pequeñas olas; seguían resplandeciendo blancas, amarillas, remendadas, las velas latinas a lo lejos. Las barcas pescadoras volvían de dos en dos; la polacra napolitana había encendido un fanal que parecía un gran lucero vespertino, y con todas sus velas desplegadas comenzaba a alejarse, con el aire misterioso de una alucinación...