El sargento, dejando la parte habitada de la playa, se acercó a un arenal desierto en donde se levantaba una casa cuadrada, medio ruinosa, montada sobre un basamento macizo de piedra, que impedía que el agua del mar entrase dentro en los temporales. Para subir a la casa había unos escalones.

Veíanse alrededor de ella cajas de mercancías abiertas y algunas lanchas podridas.

—Este es lazareto de Ondara—dijo el sargento—. Aquí van ustedes a pasar la cuarentena de observación. Bajen ustedes los equipajes.

El enfermo se sentó tristemente en una de las escaleras de la casa abandonada, mientras los otros dos y el campesino descargaban la caballería.

Hecho esto, el sargento dijo como despedida:

—No se les permite a ustedes acercarse a la ciudad bajo pena de muerte. Por la mañana y por la noche se les traerá pan y rancho, que se les dejará en la puerta. Ya lo saben. ¡Adiós!

El campesino tomó el ronzal de su macho, cogió el dinero que le dió el hombre rubio, lo contó y comenzó a alejarse despacio por la playa.

Se quedaron los tres hombres solos, y mientras el enfermo, envuelto en una manta, miraba el mar, los otros dos entraban en la casa solitaria.

Abrieron las carcomidas ventanas. El sitio era destartalado y sucio: una nave como una sala de hospital con una cocina pequeña en el fondo.