—No pueden ustedes entrar en el pueblo.
—¿Por qué?—preguntó el hombre alto.
—Porque tienen que ir al lazareto en observación.
Los desconocidos se miraron unos a otros.
—¿No habrá un mozo o una caballería para llevar nuestro equipaje?—preguntó el elegante pequeño y rubio con voz seca—. Se le pagará lo que sea.
Un campesino, después de vacilar mucho, dijo que él tenía una mula y que la traería.
Se esperó a que viniera, se sujetaron encima de la caballería el saco y la maleta, se fué el oficial, y el sargento, dueño de la situación, dijo severamente a los supuestos apestados:
—Vengan ustedes detrás de mí; pero de lejos ¡eh! No hay necesidad de acercarse.
Los tres hombres, llevando en medio al enfermo, siguieron al sargento y al campesino de la mula. Avanzaron por la playa. De trecho en trecho tenían que pararse para que el enfermo descansara. Cruzaron un pequeño barrio formado por cabañas y algunas barcazas convertidas en viviendas y adornadas con tiestos y cajas llenas de tierra con flores.
Allí por donde pasaban iban produciendo expectación; la voz de que eran apestados había corrido por el pueblo.