Después de cenar se apagó el candil, me fuí yo a la cama, y tuve que acostarme sin ropa por el calor. Afortunadamente, a media noche comenzó una tormenta con truenos y relámpagos, cayó un copioso chaparrón y refrescó el ambiente.
Dormí unas horas y salí por la mañana.
El aire era ya respirable. Inmediatamente me dirigí hacia la catedral. Me reconcilié con el pueblo.
A pesar de ser la mayoría de las casas de ladrillo, eran hermosas; algunas, verdaderos palacios con grandes puertas, balcones espaciados y una galería alta con arcadas en el segundo piso. Empotrados en las paredes ostentaban escudos abultados y salientes de piedra blanca, y en las ventanas se veían orlas esculpidas con los primores del Renacimiento incrustadas en el ladrillo.
Recorriendo este pueblo y luego visitando otros, me expliqué que en España la gente de inclinaciones estéticas no sea muy entusiasta del progreso; lo viejo tiene aquí su hermosura y su nobleza; en cambio, lo nuevo es de una mezquindad que asombra por su sentido de economía, por su sordidez trágica y completa. Callejeé largo rato por Tudela, al amanecer; ¡qué nombres los de las calles! Calle de la Vida, calle de la Muerte, calle del Juicio...; luego las calles de los oficios: de las Chapinerías, de las Herrerías, de los Caldereros...
Se iban abriendo las puertas de las casas y saliendo los labradores para sus faenas; luego comenzaron a pasar mujeres, muchachitas y viejas con su mantilla, camino de la iglesia, y empezó a tocar una campana.
Di varias vueltas a la catedral hasta encontrar una puerta abierta. Entré y estuve sentado contemplando la majestuosa nave; luego pasé a una capilla a mirar un admirable retablo. Estaba apoyado en un confesonario, por el lado de la reja por donde se confiesan las mujeres. De pronto apareció por la ventanilla una cabeza gruesa de un cura, y, sin hablarme, me hizo con la mano un gesto de que me acercara. Quedé paralizado, horrorizado. Quizá había cometido yo un sacrilegio. Quizá me esperaba la Inquisición.
Retrocedí de prisa, salí de la capilla y me dirigí hacia la puerta. No me seguía nadie; pero, por si acaso, me marché fuera.
Comenzaba a hacer calor, pasaban muchos curas por las callejuelas. Llegué a la plaza y me senté. Había mercado, puestos de verduras, de cacharros, de instrumentos de labranza....
En las mujeres que correteaban por allí, me pareció ver más claramente que en los hombres dos tipos distintos: unas, morenas de óvalo alargado, ojos negros, melancólicos, de aire un tanto judaico, y otras, con un tipo germano, rubias, con ojos azules o claros, la cara cuadrada y la mirada enérgica y dura.