Al pasar por una encrucijada me tiraron agua y tierra desde un balcón.

Intenté volver a casa del herrador, pero me perdí, y durante algún tiempo anduve dando vueltas por los mismos sitios y rincones.

En esto oí una campanilla, y vi poco después, delante de un portal estrecho, una fila de hombres con cirios en la mano que, sin duda, acompañaban al Viático. Tenían la cabeza para abajo, iluminada por el resplandor de los cirios. ¡Qué caras! ¡Qué aires de cansancio y de resignación! ¡Qué miradas de abatimiento! ¡Qué español! ¿Qué terriblemente español era aquello!

Sin fijarme en la dirección eché a andar, salí a una plaza y de allí encontré fácilmente la posada.

El herrador y otros dos huéspedes me esperaban a cenar.

Nos sentamos a la luz de un candil. Uno de los hombres era un campesino de un pueblo próximo, hombre de unos cincuenta años, de ojos azules y pelo rubio; el otro, un tipo de judío tan característico, que me chocó.

El labrador tenía una idea de Tudela como de un foco de comodidades y de placeres. Yo le dije que el campo por donde había cruzado me pareció árido y seco; pero él me aseguró que era fertilísimo, y es posible que tuviera razón.

El otro, el del aire judaico, era, por lo que me dijo, saludador, medio brujo y medio médico; hacía conjuros para que no enfermaran las caballerías y para quitar el mal de ojo a los niños, y creía que tenía procedimientos especiales para alargar la vida.

Le dije que viéndole en otra parte le hubiera tomado por un judío de casta sacerdotal, lo cual no le molestó; por el contrario, me dijo que su padre y su familia procedían de la judería de Tudela, y que no sería raro que él fuese de raza hebrea.