XIII.
REVELACION DE LA ESPAÑA CLÁSICA
A pesar de que Philonous y yo salimos a media noche de Valtierra, llegamos a Tudela, rendidos por el calor, a media mañana.
Entré yo en una posada, pedí un cuarto y me tumbé en el suelo, porque no podía aguantar el sofoco del jergón. Tendido y sudando estuve varias horas oyendo el retumbar de unas campanas y el rebuzno de un burro, hasta que el hambre me indicó que era hora de levantarme. Pregunté a qué hora se cenaba, y me dijeron que a las nueve. Cuando empezó a caer la tarde salí con Philonous a la orilla del Ebro, a respirar. No se movía una partícula de viento. El cielo estaba blanquecino por el calor; el tío, muy ancho, parecía arder, con un color rojo de escarlata, sombreado por los bosquecillos de las riberas; el horizonte se encendía con los relámpagos de los montes lejanos; por el puente, de arcos desiguales, pasaban algunos carromatos.
Estuve sentado a las orillas del Ebro hasta que empezó a obscurecer. Su superficie roja palideció y la sombra de los bosquecillos quedó muy negra.
Volví a la posada y estuve hablando con el patrón, que era herrador, un viejo canoso con unas antiparras y aire de sabio. Todavía faltaban tres cuartos de hora para la cena.
Salí de nuevo; había visto al llegar una parte del pueblo moderna, insignificante. Tiré ahora por el lado contrario; seguí una callejuela; luego otra; después pasé un arco. En aquellos callejones estrechos había carros grandes llenos de paja que interceptaban el paso; en las puertas de las casas la gente salía a respirar el aire ardoroso, seco y lleno de polvo; y algunos campesinos medio desnudos pasaban montados en un borrico o en una mula.
Un farol debajo de un arco brillaba iluminando una hornacina y la puerta de una iglesia. La obscuridad y el piso desigual me hacían ir tropezando por las calles.