Se paró el coche un momento, y yo le pregunté al cochero si podía llevarme al pueblo próximo.

—Si el señor cura quiere, a mí no me importa—me dijo, con tosco acento.

—Por mí, que suba—dijo el cura.

Subí y me senté. El cura era un hombre flaco, desmayado, las cejas como dos acentos circunflejos; los párpados, apenas abiertos, como dos líneas, y un lente en la mano.

Llegamos a Valtierra a media tarde; fuí a una posada-taberna, y lo primero que hice fué pedir que me pusieran de comer.

El pueblo me pareció grande, triste, polvoriento y abrasado.

En la taberna, a la moza que me servía le pregunté si hacía mucho calor.

—¿Aquí?—exclamó un hombre interrumpiendo—. Aquí en invierno se hiela la Virgen y en verano se deshace el palio.

Es la costumbre de esta gente el barajar siempre y con cualquier motivo en su conversación los artefactos religiosos.

Dormí en el corral, y de noche salí para Tudela.