Nuestros soldados se desplegaron en guerrilla y comenzaron a disparar y a avanzar.

Hubo que seguirlos. Las balas pasaban silbando, y yo volvía la cabeza a un lado y a otro violentamente. Uno de los nuestros cayó. Me entró un sudor frío; me acerqué a él; le tomé el pulso. Estaba muerto.

De nuevo tuvimos que marchar adelante. Los enemigos habían vuelto a ocupar otras posiciones y seguían tiroteando. Los nuestros fueron avanzando de una manera irregular y consiguieron que la partida absolutista se disolviera.

El capitán tuvo que esperar largo rato a que se reunieran sus fuerzas, que se habían desperdigado; y mientrastanto, los sanitarios improvisados y yo comenzamos a vendar a varios heridos; y yo sangré a uno que se trajo sin conocimiento en unas parihuelas, y que recobró el sentido.

Cuando se reunió la fuerza, el capitán ordenó la retirada y nos pusimos en marcha. Los heridos venían a mi cargo en las caballerías y en el carro. Contemplábamos a los lejos Caparroso en un collado y las ruinas de un castillo antiguo.

Ibamos tranquilos internándonos en un soto de álamos blancos que llaman la Lobera cuando unos realistas apostados hicieron una descarga que produjo el desorden en nuestra partida. Se desordenó la columna, comenzó el tiroteo por nuestro lado, y yo me vi separado de mi gente y en medio del soto en compañía de Philonous.

Cuando cesaron los tiros comencé a avanzar despacio. Iba marchando con las mayores precauciones cuando topé con el cuerpo de un realista herido o muerto. Me paré para ver si vivía; llevaba un pañuelo atado a la cintura lleno de sangre. Se lo corté con el cuchillo; y viendo que pesaba me encontré que llevaba dos onzas de oro, cuatro centenes y varias monedas de plata, que me apropié porque el hombre estaba muerto. Salí del soto y me acerqué a la carretera. Estaba rendido de cansancio y de hambre. Debía ser media tarde. Eché a andar por la carretera en dirección contraria a Caparroso cuando se acercó un coche viejo y desvencijado.

En el coche iban un hombre, que dirigía, y un cura.